Pateamos la colmena, violencia social 3.0

Editorial de 7hormigas.com

El ser humano y la sociedad cuentan con una evidente necesidad relativa a la comunicación y la cultura, que si bien data de largo tiempo, se percibe hoy en día de manera relevante.

A la radio le costó 50 años alcanzar los 50 millones de usuarios, a la TV 35 años, al fax 8 años, al celular 3 años y a Twiter tan solo 6 meses. Tal es esa velocidad que hasta conductores vehiculares eluden un control de alcoholemia solo por estar “conectados”. Las normas y legislaciones casi siempre son más lentas que la tecnología, y en consecuencia el futuro es furiosamente aterrador, pero definitivamente excitante.

La terrible soledad que se apodera de las almas y la imperiosa necesidad de comunicación, devienen en la explosión de las redes sociales, que relucen el impacto de situaciones individuales en cuestiones colectivas.

Es la misma velocidad que dejó atrás las guerras de quinta generación y sus arsenales QBN, y globalizó la inseguridad en busca de una perversa privatización del poder en los países tercermundistas.

Así como el delito puede ser ocasional u organizado, la violencia puede ser espontánea o planificada.

Y lógicamente no se puede preveer lo que se desconoce. Para que exista narcotráfico deben existir redes de poder, aparatos de violencia propios y dinero en gran magnitud.

Las dos variables de diferencia que mencionamos son: tiempo y magnitud.

La mayor parte de los gobiernos latinoamericanos son superados ampliamente por el crimen organizado y/o transnacional, por carecer de estructuras capaces de desarrollar inteligencia estratégica para iluminar el camino hacia un planeamiento estratégico.

Las estructuras estatales son paquidérmicas, lentas y de gran magnitud burocrática, a diferencia de las estructuras de crimen organizado que son tan veloces como la incidencia de las redes sociales.

Su accionar es claro y contundente, en donde se centraliza lo estratégico y se descentraliza lo táctico, convirtiéndolo en un liderazgo en red y descentralizado, capaz de cooptar cualquier sistema orgánico.

Son las mismas corporaciones que en paralelo a esta dinámica, cuentan con presupuestos multimillonarios para el cumplimiento de los objetivos organizacionales, con tecnologías de última generación, recursos humanos altamente capacitados, y metodologías operacionales y de inteligencia aplicada casi inigualables.

La dispersión y descentralización de base, le permite conquistar y controlar territorios parciales, sobre todo las zonas que tienen presencia nominal de la autoridad del Estado, como las villas de emergencia o barrios marginales.

El caso de Brasil pone en evidencia las tres etapas del narcotráfico y el narcoterrorismo, filtración, penetración y copamiento, para el tránsito, distribución y producción respectivamente. La descartelización y la desfabelización no son ejemplos de guerra y enfrentamientos aislados, si no pura y exclusivamente de planeamiento estratégico.

Georeferenciando lo antes dicho, Sudamérica no se encuentra en un paraíso, si no todo lo contrario. Allí también, las maras, los zetas y los salvatruchas operan impunemente mimetizados y caracterizados de formas inimaginables de acuerdo a las necesidades.

Por tanto, el clima de inseguridad que se vive es un fenómeno de índole social y por ser una ciencia multifacética debe ser abordada desde una óptica técnico profesional, en donde el primer paso sea bajar los niveles de violencia social y donde pueda existir diálogo para buscar y encontrar los aliados estratégicos.

El pacto político que eliminó prácticamente el terrorismo extremo (ETA) de España, se basó en el aborrecimiento de la violencia por parte de los ciudadanos, en una ley de solidaridad con las víctimas y en la libertad de expresión y pluralismo.

Como sociedad debemos desterrar definitivamente el costumbrismo negativo de esperar o exigir mucho habiendo entregado poco. Por no existir redes de contención sociales y de seguridad, es inminente la aplicación de un plan social de coexistencia que al menos transforme la incertidumbre y lo desconocido, en posibles riesgos.

Atomizar el espectro a cuestiones netamente económicas y financieras es tan riesgoso como imprudente, pero es innegable que la magnitud de inversión, debe ser faraónica.

El crimen organizado ha superado todos los límites imaginados y en consecuencia la dimensión trascendental de cualquier argumento.

El mundo y la vida misma no se movilizan ni por religiones, ni por culturas, ni por conocimientos, ni por buenas intenciones, si no que es el poder quien proporciona combustible y motoriza el planeta, permitiendo que la gigantesca rueda nunca se detenga. Será responsabilidad y obligación de los Estados no permitir que ese poder sea arrebatado y privatizado.

El poder se sufre o se ejerce, se utiliza para promover objetivos e intereses dentro de un marco de hipocresía, quien no tiene poder debe limitarse a sufrir las consecuencias de esas acciones, y si bien como sociedad soportamos el implacable abuso desmedido, lo rechazamos analizando estos lamentables pensamientos, afirmando que no somos rebeldes a la realidad o al sistema impuesto, sino que somos reaccionarios a tan imprudente flagelo.

El “elefante” solo puede comerse de a pedazos, y ello solo puede partir de una planificación estratégica. En definitiva, todos nos vamos a morir, y lamentablemente no podemos elegir ni cómo ni cuándo, pero si podemos estar convencidos del camino y los valores alrededor de los cuales nos gustaría vivir para encarar de la mejor manera ese final.

Abrimos la mente y desplegamos las alas como un águila en las altas cumbres. Abrimos el corazón y defendemos nuestros intereses como un león herido en medio de la jungla. Muchas costumbres llevan a los humanos a escabullirse y arrastrarse como culebras en el fango para traicionar impulsivamente. Alejarse de ellos requiere convicción, vigor y disciplina.

El arte de la competencia, la negociación y la resolución de conflictos, solo se mide con la efectividad. Gigantes con gigantes, pigmeos con pigmeos.

Debemos buscar el camino que nos permita nutrirnos de los imprescindibles valores humanos que cien años atrás eran moneda corriente. La verdad, templanza, sabiduría, honestidad, prudencia, serenidad, empeño, honorabilidad, orden, limpieza, tenacidad, deseo de superación, amor al trabajo y por sobre todo respeto a los demás.

Escuchar antes de hablar, sonreír antes de gruñir, discutir ideas y no personas, estimular los procesos que riegan nuestra parte noble, alejándonos de los arácnidos que tejen redes conspirativas de hilos transparentes. Nuestra sociedad necesita más gente que haga y menos que impida, más gente proactiva y menos conformistas, ya que no hay paga más justa y grandiosa que la emoción.

No se puede cosechar sin antes haber sembrado, ni ser presos del ansia de recompensa inmediata. Ni ostentar la mala costumbre de obtener mucho entregando poco, ni la búsqueda de salvación individual en problemas compartidos, como la inseguridad. Cuando no actuamos y permanecemos en un estado de letargo, es signo de que la muerte camina los alrededores.

La inseguridad también parte de la corrupción, el individualismo y la falta de identidad como costumbrismos negativos que envilecen la cultura y la sociedad. Y la coexistencia como alternativa superadora considero que es el camino.

La violencia social corre en las calles, en las redes sociales, en la familia, en los estadios, en los burdeles, en las escuelas, en la política y en la vida en su conjunto.

Recuerden: “si quieres obtener miel, no le des puntapiés a la colmena”.

En este 2021, un mundo mejor es posible, y como siempre: que Dios haga de nosotros hombres justos, valientes y leales… porque terminada la partida… peón y rey vuelven a la misma caja.

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